Fue el verano pasado, una noche que hicimos doblete (en el sentido musical, claro está): después de un concierto en un centro comercial, metimos los trastos a la furgoneta y pusimos rumbo al segundo bolo de la noche. Nos habían contratado para amenizar una boda a las afueras de un pueblo de Madrid.
Ya sabéis cómo va el tema de las bodas, la gente hace cosas muy muy raras el día que se casa (habrá quien considere raro el mismo hecho de casarse, que para gustos están los colores). Vestidos que parecen envoltorios de bombones, menús de diez platos, invitados a los que ni siquiera se sabe quién los ha invitado…
Seguro que se os ocurren mil ejemplos. A mí particularmente me encantó ver a unos novios con sus respectivos atuendos y su séquito nupcial a las 3 de la mañana en un karaoke, a otros de la misma guisa recenando en una kebab, o admirar un vestido de novia con lamparones de calimocho.
Pero aquel día nos esperaba la joya de la corona, el Rafa Nadal de las bodas raras. A lo largo de nuestra carrera de fondo como músicos pobres hemos tocado en los lugares más extraños que os podáis imaginar (eso daría para otro post) pero lo de aquella noche fue sublime.
Llegamos a las tantas de la mañana por un camino de tierra lleno de coches con parejitas. Ya en el sitio en cuestión constatamos que nos habían contratado para tocar en un tentadero. Como suena. Un tentadero.
La amenización post-copas constaba de tres elementos: nuestras incrédulas almas versionando todo lo versionable, un toro mecánico y una capea.
Montamos el equipo en el suelo (claro está, no había escenario) junto al vallado del tentadero propiamente dicho, probamos sonido y y muertos de sueño empezamos a tocar tan bien como siempre, que otra cosa seremos, pero profesionales también.
Durante un par de canciones los invitados escucharon complacidos e incluso alguno, jaleado por el alcohol se movía un poquito…hasta que se puso en marcha el toro mecánico. Ahí los perdimos definitivamente.
Así que de esa manera siguió la fiesta. Amenizando los continuos revolcones del toro mecánico hasta que llegó el momento cúlmen. La capea. La suelta de los bravos morlacos que harían las delicias del respetable.
Pobres animales. Qué sueño tenían. A qué alma despiadada se le ocurre despertar a una pobre vaquilla a las cuatro de la mañana para sacarla a cornear invitados achispados. Yo me había imaginado unos toros que ni el de osborne y resultaron las primas bovinas de bambi.
Con todo su empeño algunos de los presentes intentaron hacer algún que otro recorte, pero los pobres animales estaban pensando en otra cosa. Por la cara que ponían en Schopenhauer o algo así.
Y a todo esto nosotros dándolo todo al otro lado de la valla. Digamos que tranquilos ante la posibilidad de que un astado de 600kg saltase las tablas y nos destrozase la batería, que oye, vale una pasta.
En fin, que después de un ratito, y con grandes felicitaciones de algunos de los invitados (que recordémoslo, habían oído tres temas) terminamos la faena y nos retiramos a nuestros aposentos, por el mismo camino de tierra donde los coches con parejita dentro seguían tentando y tentando, lo que suscitó un enconado debate para completar la noche surrealista sobre las diferencias entre un tentadero y un picadero…