¿Ese soy yo?

Todos habréis escuchado vuestra voz grabada alguna vez, en cassette o en el ordenador.
Y siempre nos parece lo mismo ¿Quién es ese que me dobla la voz?¿Gollum? … Incluso al hablar por un micrófono a veces nos da esa impresión.

Cuesta acostumbrarse a oír nuestra voz “desde fuera”, y aceptar que lo que oímos tan extraño y ajeno es lo que los demás oyen cuando hablamos. Cuesta darse cuenta de  que esa voz no nos gusta. Y lo que es peor, a lo mejor a los demás tampoco… Houston tenemos un problema.

La explicación al fenómeno es aparentemente sencilla: cuando hablamos percibimos sobre todo nuestra voz “desde dentro”, debido a la vibración de los resonadores naturales de nuestro cuerpo (cráneo, laringe, tórax) lo que distorsiona nuestra percepción sobre nuestra propia voz. Y vaya si lo distorsiona, que dan ganas de comprarse una bocina, como Harpo, y comunicarse mediante bocinazos.

Además, supuestamente nos escuchamos mucho más graves de lo que realmente sonamos a los demás con lo que Constantino Romero se debe oír a sí mismo como una ballena jorobada en celo.

Sí a esta pequeña jugada de la física, le sumas que eres el cantante de un grupo empiezas a acumular puntos para acabar con una camisa de fuerza y dos enfermeros como armarios empotrados a cada lado.

Si cantar es difícil, escucharse a uno mismo más. Estamos en plena grabación y no lo puedo evitar.  Canto delante de un micro que vale tanto como mi coche, que capta con toda la calidad del mundo cada inflexión de mi voz, vocalizo, voceo, susurro, afino, quedo contento con la toma y escucho… y siempre pienso que ese no soy yo.

No puedo evitar pensar que hay otro tío escondido cantando a la vez, que casi me dan ganas de buscarle por todo el estudio. En todo caso el tío en cuestión me sigue a todas partes, porque sale en todas las grabaciones del grupo. Igual hasta debería salir en los créditos, y empezar a plantearnos que en vez de cuarteto somos quinteto…

En fin todo esto viene a cuento de que como sabéis estamos grabando y al contrario que cuando se toca en vivo, en estudio la precisión de lo que grabas tiene que ser máxima. Los ordenadores solucionan muchísimos problemas, pero no son la Virgen de Lourdes, al menos por ahora.

Las melodías que son tan claras y afinadas entre amigos de pronto se vuelven inestables al grabarlas, las notas que creías bien definidas dejan de estarlo tanto y sobre todo el que canta no eres tú…

Habrá que acostumbrarse. Otra paranoia de músico más, como el guitarrista que oye todo desafinado o el batería que siente todos los ritmos desacompasados.

Qué sufrimiento.

El tentadero

Fue el verano pasado, una noche que hicimos doblete (en el sentido musical, claro está): después de un concierto en un centro comercial, metimos los trastos a la furgoneta y pusimos rumbo al segundo bolo de la noche. Nos habían contratado para amenizar una boda a las afueras de un pueblo de Madrid.

Ya sabéis cómo va el tema de las bodas, la gente hace cosas muy muy raras el día que se casa (habrá quien considere raro el mismo hecho de casarse, que para gustos están los colores). Vestidos que parecen envoltorios de bombones, menús de diez platos, invitados a los que ni siquiera se sabe quién los ha invitado…

Seguro que se os ocurren mil ejemplos. A mí particularmente me encantó ver a unos novios con sus respectivos atuendos y su séquito nupcial a las 3 de la mañana en un karaoke, a otros de la misma guisa recenando en una kebab, o admirar un vestido de novia con lamparones de calimocho.

Pero aquel día nos esperaba la joya de la corona, el Rafa Nadal de las bodas raras. A lo largo de nuestra carrera de fondo como músicos pobres hemos tocado en los lugares más extraños que os podáis imaginar (eso daría para otro post) pero lo de aquella noche fue sublime.

Llegamos a las tantas de la mañana por un camino de tierra lleno de coches con parejitas. Ya en el sitio en cuestión constatamos que nos habían contratado para tocar en un tentadero. Como suena. Un tentadero.

La amenización post-copas constaba de tres elementos: nuestras incrédulas almas versionando todo lo versionable, un toro mecánico y una capea.

Montamos el equipo en el suelo (claro está, no había escenario) junto al vallado del tentadero propiamente dicho, probamos sonido y y muertos de sueño empezamos a tocar tan bien como siempre, que otra cosa seremos, pero profesionales también.

Durante un par de canciones los invitados escucharon complacidos e incluso alguno, jaleado por el alcohol se movía un poquito…hasta que se puso en marcha el toro mecánico. Ahí los perdimos definitivamente.

Así que de esa manera siguió la fiesta. Amenizando los continuos revolcones del toro mecánico hasta que llegó el momento cúlmen. La capea. La suelta de los bravos morlacos que harían las delicias del respetable.

Pobres animales. Qué sueño tenían. A qué alma despiadada se le ocurre despertar a una pobre vaquilla a las cuatro de la mañana para sacarla a cornear invitados achispados. Yo me había imaginado unos toros que ni el de osborne y resultaron las primas bovinas de bambi.

Con todo su empeño algunos de los presentes intentaron hacer algún que otro recorte, pero los pobres animales estaban pensando en otra cosa. Por la cara que ponían en Schopenhauer o algo así.

Y a todo esto nosotros dándolo todo al otro lado de la valla. Digamos que tranquilos ante la posibilidad de que un astado de 600kg saltase las tablas y nos destrozase la batería, que oye, vale una pasta.

En fin, que después de un ratito, y con grandes felicitaciones de algunos de los invitados (que recordémoslo, habían oído tres temas) terminamos la faena y nos retiramos a nuestros aposentos, por el mismo camino de tierra donde los coches con parejita dentro seguían tentando y tentando, lo que suscitó un enconado debate para completar la noche surrealista sobre las diferencias entre un tentadero y un picadero…

¿Y cómo dices que grabáis?

¿Os acordáis de “Al salir de clase”, aquella mítica serie de intensos guiones que fue vivero de jóvenes y no tan jóvenes actores? En una de sus tramas nos contaba la vida y milagros de un grupo de música formado por los amiguetes del instituto. En un momento dado un productor (que por cierto era malo como la droga mala) les grababa un disco poniéndoles a todos a tocar a la vez y dándole al record como si tal cosa.

Esa misma escena se repite por doquier en series y películas para masas con argumento alejado de lo musical, dando la falsa imagen al respetable de que los discos se graban todos juntitos metidos en una sala, pasándolo genial y ligando todos contra todos.

Pues nada más lejos de la Coruña, perdón, de la realidad. Así era, en efecto hasta entrados los años 60, cuando la tecnología de grabación consistía en mezclar la señal de varios micrófonos en una cinta magnetofónica. En aquella época, efectivamente, había que grabar todos a la vez, así que para conseguir la perfección, o casi, era cuestión de repetir y repetir. Igual es cierto que el roce hacía el cariño y acababan ligando como en “Al salir de clase”.

Ya en los años 60 apareció la grabación por pistas, la madre del cordero de la música actual. Al principio se dividió la cinta magnetofónica (no muy distinta de aquellas cassetes nuestras del pleistoceno, aunque más ancha) en dos pistas, permitiendo combinar dos grabaciones independientes, por ejemplo, instrumentos en una y voz principal en la otra.

Pronto fueron cuatro pistas, después ocho, dieciséis… Esto fue aumentando exponencialmente la capacidad de los estudios para acoger más y más arreglos. Se puede comprobar escuchando las primeras y primitivas grabaciones de los Beatles en una sola pista y las últimas, grabadas ya con 8 pistas (aunque con la presencia inquietante de Yoko Ono). Esta tecnología multipistas aumentaba además la calidad de las grabaciones, pudiendo regrabar un determinado pasaje en una pista las veces necesarias hasta que quedara perfecto sin tener que repetir toda la canción.(Lo que el grupo agradece en el caso de cantantes o guitarristas especialmente torpes).

Actualmente se graba directamente a disco duro, y el número de pistas ya no preocupa, simplemente hay todas las que necesites. Esto significa que cada instrumento se graba por separado, ocupando una o varias pistas con volúmen y efectos independiente del resto.

Es cierto que hay artistas, o géneros (jazz, blues) que graban en estudio todos juntos, para tener una mayor sensación de frescura (aunque eso sí, en pistas separadas).

Así que en la práctica se puede grabar un disco sin que dos miembros del grupo pisen el estudio a la vez, lo que quita un poco de magia al asunto, y sobre todo rebaja las posibilidades de ligar en una serie de adolescentes treintañeros (ahora lo entiendo todo…)

Para alivio de seguidores y rabia de detractores puntualizaré que en la mayoría de sesiones de nuestro disco en proyecto hemos estado dos o tres niños perdidos dando nuestro apoyo al que grababa. Nuestro apoyo y nuestras opiniones, chistecitos, ronquidos etc. Cualquier cosa para mejorar la concentración y la dedicación del que graba…Y por supuesto, nada de ligar entre nosotros.